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| September 3, 2014

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Aspectos económicos, culturales y de experimentación en los animales (IV): Las corridas de toros -

Aspectos económicos, culturales y de experimentación en los animales (IV): Las corridas de toros

Cuarta parte del artículo ‘Aspectos económicos, culturales y de experimentación en los animales’, escrito para este blog de derecho por José Manuel Ríos Corbacho, Profesor Titular de Derecho Penal de la Universidad de Cádiz.

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Las corridas de toros 

Dentro de los antecedentes de las corridas de toros pueden señalarse espectáculos que existían no sólo en España sino también en Europa.

Así, en Inglaterra, se ataba un toro a un poste y se le azuzaba a los perros (bulldogs) para que mordiesen al toro en sus partes blandas y aquel matara a coces a sus perros, todo ello en un ruedo con gradas y espectadores.

Desde el siglo XII hasta el XVIII, se celebraban frecuentemente en Inglaterra los espectáculos de Bull baiting, en los cuales los toros eran torturados con ayuda de perros especialmente amaestrados.

También se celebraban torturas públicas de osos (bear baiting)[1]. Este espectáculo se celebraba con menor frecuencia puesto que los osos eran más escasos, caros y difíciles de conseguir que los toros. (También como espectáculos públicos existían las peleas de perros, gallos y ratas).

En la Ilustración se puso fin a estos espectáculos públicos de carácter cruel sobre los animales fundamentalmente en Europa. Pero este movimiento no penetró demasiado en España. Así, uno de los pocos ilustrados que propugnó la prohibición de las corridas de toros en España fue Gaspar Melchor de Jovellanos y algunos reyes como fueron Carlos III (1771) y Carlos IV (1805).

Así, puede decirse que desde el siglo XVIII se inició una corriente frente a esos espectáculos degradantes que fueron prohibidos en Inglaterra a principios del siglo XIX.

Después de la prohibición de los reyes anteriores, fueron reintroducidos por Fernando VII, quien en lugar de prohibirla como en el resto de Europa la fomentó. Basada en el toreo a caballo cuando la nobleza no cazaba se dedicaba a lancear toros desde su montura, y sus criados o plebeyos terminaban desde el suelo de matar al toro (toreo a pie).

Así, dicho espectáculo se justificó, desde un primer punto de vista, por la “presunta agresividad del toro”. Pero hay que indicar que como rumiante que es, se trata de un auténtico especialista en la huida, un herbívoro pacífico que lo único que desea es salir corriendo de la plaza para volver a pastar y a rumiar en paz. Lógicamente y bajos esas premisas el toro, al salir al ruedo, tendría la tendencia natural de quedarse quieto o se volvería de cara a la puerta cerrada. Sin embargo, a fin de evitarlo al animal se le clava la divisa (un doble arpón que se hinca en sus carnes para despertarlo y provocar una agresividad de la que carece). También se dice que en el toril se le pone vaselina en los ojos, se le introduce alambres en la comidas y se le tiran en el lomo sacos de arena con el fin de debilitarlos.

El espectáculo viene determinado en un primer lugar por unos capotazos al toro que es el único momento en el que existe cierta igualdad entre el animal y el hombre.

El primer tercio es el del picador donde al bovino se le introduce una puya de 40 cm que le rompe los músculos del cuello y le produce enormes heridas.

Prosigue con el tercio de banderillas, en el que al toro se le clavan unos palos con arpones de acero. Antes de 1928, cuando el toro se quedaba quieto para “motivarlo” se le ponían unas banderillas de fuego (que llevaban pólvora) que estallaban en su interior quemándole las carnes y exasperando aún más su dolor[2].

Por último, la faena y muerte del animal que quizá, sin ningún género de dudas, será el momento menos cruel de la corrida.

El segundo mito es que el torero corre un gran riesgo toreando un animal de mucho mayor tamaño que él. Esto es difícil de digerir por cuanto en situaciones como la pose de rodillas delante del toro, el animal lo interpreta como un gesto de sumisión que le impide atacarle.

Argumentos a favor y en contra de la tauromaquia[3]

  1. Sí, las corridas son crueles pero hay más salvajadas en el mundo:  Lógicamente este es un argumento muy peregrino por cuanto yo no puedo decir que puedo matar a alguien porque más gente mató Hitler. Sin duda, hay otros espectáculos crueles pero eso no puede justificar las corridas de toros, ni incluso el hecho de las guerras, las matanzas de niños o la ablación del clítoris.
  2. La corrida de toros es tradicional y eso la justifica:  Por muy tradicional que fuese, también es tradicional la costumbre china de atar y tullir los pies a las mujeres y no deja de ser una salvajada (también el hecho de cortar el clítoris a las muchachas cuando alcanzan la pubertad en determinadas tribus africanas). Hay que señalar que aceptar ciegamente todos los componentes de la tradición es negar la posibilidad misma del progreso de la cultura. Hay que señalar que la cultura no es una realidad estática, sino dinámica y cambia constantemente sometida a determinadas influencias, una de las cuales sería la crítica racional.
  3. Los toros no sufren: Los neurólogos no sólo saben perfectamente que el toro es capaz de sufrir, puesto que las estructuras neurales de su diencéfalo y de su sistema límbico son semejantes a las nuestras, sino que incluso a veces los utilizan como modelo de estudios del dolor.
  4. Los toros sí sufren pero antes lo pasan bien: Se dice normalmente que las vacas de la ganadería intensiva viven mucho peor que los toros en las dehesas. Seguramente, es cierto, pero de lo que se trata es de mejorar la vida de las vacas y no de empeorar las condiciones de muerte de los toros. Es cierto que los toros de una vida relativamente natural correteando por las antedichas dehesas pero esto no es ningún pecado que tuviera que ser expiado por un martirio atroz al final de sus días. Nadie se imagina matar a un ser humano porque haya vivido estupendamente y tener que castigarlo por ese motivo. En definitiva, se trata de justificar una salvajada final de tortura del toro por una salvajada inicial de las vacas en su forma de vida en la ganadería intensiva. También debe señalarse que no todos los toros están correteando por las dehesas sino que también existen aquellos que se encuentran en recintos pequeños y oscuros, casi hundidos en sus propias heces, junto a lugares de entretenimiento y capea, así miles y miles de toros esperan la celebración del acontecimiento taurino donde encontraran su tortura y su muerte.
  5. Sin corridas, los toros de lidia y las dehesas en que se crían desaparecerían: Hay que señalar que existen unos 1.400 millones de ejemplares vivos, por lo que no parece que se encuentre este animal en peligro de extinción. Además, quizá el mejor medio para mantener la raza del toro “bravo” o de “lidia” sería que dejasen de ser animales de ganadería para convertirse en animales salvajes, sometidos a la selección natural de los predadores, más que a la selección artificial encaminada a suministrar animales debilitados para las corridas de toros. Así, debe proponerse que las actuales dehesas se conviertan en parques naturales, por supuesto, previa compensación a los dueños de las mismas por la expropiación de sus tierras. Éstas representarían un patrimonio natural de incalculable valor y servirían de lugar de paso y de cría para numerosas aves y animales. De este modo, convertidas en reservas naturales protegidas, seguirían albergando a los actuales toros y vacas “de lidia”, formando manadas en libertad y compartiendo territorio con otras especies, que incluso con lobos reintroducidos , servirían para mantener la población de bovinos (como ha ocurrido en Yellowstone).
  6. Las corridas dan de comer a cierta gente que sin ellas se quedaría sin trabajo: En lugar de escuelas taurinas, lo que se necesita serían escuelas de reconversión profesional en las que los picadores y los toreros puedan reconvertirse en ciudadanos útiles y productivos, capaces de ganarse la vida honestamente.
  7. No hay que prohibir las corridas de toros porque no hay que prohibir nada. Prohibido prohibir: Como dicen los estudiosos de la materia lo que se pretende con este argumento es arañar algunos votos, desde el punto de vista político, a la caverna taurina. Si es posible prohibir circunstancias delictivas, porque no se van a poder prohibir estas circunstancias de muerte de los toros en un espectáculo público. La libertad debe ir acompañada del impedimento para la realización de violencia y crueldades.

 

Bibliografía utilizada

AA. VV., Derechos de la naturaleza. El futuro es ahora, Quito, 2009.

BLASCO, A., Ética y bienestar, Madrid, 2011.

HAVA GARCÍA, E., Protección jurídica de la fauna y flora, Madrid, 2000.

HAVA GARCÍA, E., La tutela penal de los animales, Valencia, 2009.

MOSTERÍN, J., A favor de los toros, Pamplona, 2010.

REQUEJO CONDE, C., La protección penal de la fauna. Especial consideración del delito de maltrato de animales, Granada, 2010.

SINGER, P., Liberación animal, edición actualizada, Madrid, 2011.



[1] Este espectáculo fue introducido por los ingleses en Pakistan, donde se mantiene todavía y forma parte de la tradición popular. En los pueblos de este país aún se ofrecen este tipo de espectáculos con asistencia de policías y autoridades locales. Previamente a los osos se les arrancan las uñas de los pies y de las manos así como los dientes, al objeto de que sólo puedan defenderse golpeando con su cuerpo. Se le mantiene sujeto por una cadena que atraviesa su sensible nariz. Se suelta a perros de dos en dos, especialmente entrenados para atacarlos, y que se dirigen a morder sus partes blandas y vulnerables de dicho animal (ojos, orejas, testículos). La gente se reúne a ver el espectáculo tras una empalizada redonda con asientos, al más puro estilo de una corrida de toros. Asimismo, se paga una entrada y se apuesta sobre quien va a ganar si el oso o los perros. También se observan osos amaestrados en la India (osos bezudos o, en todo caso, ejemplares de osos pardos, e incluso el negro procedente del Himalaya). Se trataría de osos danzantes, cogidos también por cadenas que atraviesan la nariz, y  donde también se pasará la bandeja para obtener las limosnas de los espectadores. En Europa existe otra tradición sobre los osos, donde aparece el espectáculo del pobre osos mutilado al que le han quemado los pies para que aprenda a bailar, pero que afortunadamente ha desaparecido. Hoy día puede decirse que el circo más importante del mundo como es el del Sol no utiliza ningún tipo de animal para sus espectáculos.

[2] En 1928 el General Primo de Rivera acudió a una corrida de toros con una dama francesa que quedó espantada a raíz del espectáculo. Así, ese mismo año se introdujo peto para los caballos y se abolió las banderillas de fuego. Hoy día ante la posible mansedumbre del animal se utilizan las llamadas banderillas negras que también poseen arpones aún más lacerantes que las banderillas normales.

[3] MOSTERÍN, J., A favor de los toros, Pamplona, 2010, págs. 93 y ss.

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